Conchita piquer biografia de charles

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Fue el inicio de una estancia de cinco años en tierras americanas, durante los cuales cantó en Broadway y en otros escenarios musicales e hizo su primera incursión en el cine: tuvo un papel junto a Al Jonson y Eddie Cantor en el primer filme sonoro de la historia, El cantor de jazz (1927); cuatro años antes había participado en un cortometraje sonoro de prueba del ingeniero Lee de Forest.

No estaba previsto que actuara, pero la niña no podía quedarse quieta. Porque, al fin y al cabo, ninguna ideología protege del dolor que provoca la muerte, la desolación y el trauma inherentes a cualquier conflicto armado.

La copla se convirtió, así, en la banda sonora de la supervivencia cotidiana y de las historias no contadas. La respuesta de Concha fue «Díganle a su Excelencia que, si él ya ha merendado, la Piquer va a hacerlo ahora mismo».

Aquella noche, la voz, su instrumento más preciado, le falló ligeramente. Una mujer que fumaba, conducía su propio coche, hablaba inglés con fluidez y, sobre todo, trabajaba y dirigía su propia compañía con una mano firme y un instinto empresarial envidiable. «Tatuaje» y «Ojos verdes» son clásicos de gran belleza y popularidad.

Al ver que su voz fallaba, dejó de cantar.

Nacida de una familia muy humilde, con algunas simpatías republicanas, los niños que nacieron antes que ella habían muerto. Cada uno de ellos aportaba su genialidad: Quintero escribía los libretos, León ponía letra a las canciones y Quiroga componía la música. Uno de los más atentos fue John Cort, el propietario del prestigioso Park Theatre, quien pidió escuchar a aquella niña de ojos vivaces y voz prometedora.

Cuando Conchita comenzó a cantar, Cort quedó tan impresionado que insistió en que debía debutar al día siguiente con el resto de la compañía.

Seis años más tarde es contratada por el compositor Manuel Penella para realizar una gira por Nueva York, Estados Unidos, el 13 de septiembre de 1922, cantó en el entreacto el tema de Penella El florero, conquistando la aceptación del público. De regreso a España en 1927, cantó en el Teatro Romea de Madrid y continuó su carrera cinematográfica con El negro que tenía el alma blanca (rodada en París a las órdenes de Benito Perojo), a la que seguirían multitud de títulos hasta su retirada en 1957: La bodega (1930), Yo canto para ti (1935), La Dolores (1940, dirigida por Florián Rey), Filigrana (1949) o Me casé con una estrella (1955).

Concha era una mujer previsora y detallista, que no dejaba nada al azar. Lejos de ser una mera herramienta propagandística, la copla actuó como un canal subterráneo de expresión emocional, capaz de transmitir mensajes subversivos que muchas veces lograron burlar la censura.

Esta dualidad se debía a la riqueza simbólica y a la ambigüedad de sus letras, que ofrecían una doble lectura: una versión superficial y aceptable para los "vencedores" y otra, más profunda y significativa, para los "vencidos".

Juntos crearon un repertorio que parecía hecho a medida para "la Piquer", aprovechando su capacidad interpretativa y su genio teatral para dotar a cada copla de una intensidad y una verdad inigualables.

De esta colaboración nacieron canciones eternas como La Parrala, Ojos verdes, Tatuaje o La Otra, temas que no solo triunfaron en su momento, sino que se convirtieron en clásicos imperecederos.

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Se trataba de un pregón, una composición que imitaba la voz de un niño que vendía flores por las calles de Sevilla. Las Galerías Piquer, en pleno Rastro, se convirtieron en un emblema, reflejando su capacidad para reinventarse y para seguir siendo una figura influyente incluso fuera del mundo del espectáculo.

En su hogar madrileño, situado en el número 78 de la emblemática Gran Vía, doña Concha vivió desde 1933 hasta su fallecimiento en 1990.

En el estreno neoyorquino (13 de septiembre de 1922), Concha Piquer cantó en el entreacto el tema de Penella El florero y se llevó una gran salva de aplausos. Sus canciones eran mucho más que melodías pegadizas: eran relatos de vida, espejos de una sociedad que encontraba en sus letras un refugio y un alivio.

En una época en la que muchas vidas se rompían bajo el peso de las circunstancias, sus coplas fueron soporte y resistencia emocional.